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¿Por qué no pierdes grasa aunque comas bien y entrenes?

Estudios publicados en 2024 en el Journal of Health & Population Nutrition concluyen que, en el 85% de los casos, el peso termina estancándose, ralentizándose o recuperándose con el tiempo tras una pérdida inicial.

Precisamente por eso, la ciencia lleva años investigando qué hay detrás de ese estancamiento, y cada vez hay más evidencia de que no todo depende solo de “comer menos y moverse más”. Factores como la genética, la adaptación metabólica, el sueño, el estrés, el ritmo circadiano o la parte psicológica también influyen directamente en la pérdida de grasa.


Adaptación metabólica: el cuerpo baja su gasto energético en respuesta a la restricción. Eso explica el rebote.
Cortisol y estrés crónico: el cortisol elevado favorece la acumulación de grasa visceral en el abdomen, induce resistencia a la insulina y ralentiza el metabolismo incluso con ejercicio regular.
Sueño: dormir poco altera la leptina y la grelina, aumentando el apetito y disminuyendo la saciedad.
Las dietas muy restrictivas disparan más cortisol: el cuerpo interpreta la falta de alimento como estrés, libera cortisol, y eso dificulta la pérdida de grasa saludable. Irónicamente, el cortisol elevado promueve acumulación abdominal y degradación muscular.

Entrenamiento de fuerza para mujeres: por qué es la clave que nadie te contó

Las mujeres son más eficientes utilizando grasa como fuente de energía, especialmente durante esfuerzos de baja y media intensidad, y además suelen preservar mejor la masa muscular durante un déficit calórico en comparación con los hombres.

Un estudio publicado en 2024 en mujeres posmenopáusicas observó que, tras 24 semanas de entrenamiento de fuerza con cargas altas, todos los grupos redujeron grasa visceral. Sin embargo, las mujeres que entrenaron con mayor intensidad y peso consiguieron una recomposición corporal significativamente superior.

Además, investigaciones recientes de 2024 sugieren que las rutinas de cuerpo completo podrían favorecer una mayor pérdida de grasa que las rutinas divididas por grupos musculares, probablemente porque permiten acumular más actividad y gasto energético total a lo largo de la semana.

Inflamación silenciosa: el enemigo invisible que te impide cambiar tu cuerpo

La inflamación de bajo grado no da síntomas evidentes al principio, pero mantiene el sistema inmunológico activado de forma constante. Cuando se sostiene, aumenta el estrés oxidativo y altera la función mitocondrial, la capacidad de la célula para producir energía.

1.⁠ ⁠La inflamación crónica favorece la resistencia a la insulina y el almacenamiento de grasa

La inflamación crónica es una característica común en estados de obesidad, donde el tejido adiposo blanco sufre una disfunción a gran escala. Cuando los adipocitos se vuelven hipertróficos (aumentan excesivamente de tamaño), se produce una infiltración de macrófagos y la liberación de sustancias proinflamatorias en el tejido graso.

Este estado inflamatorio bloquea directamente las vías de señalización de la insulina, lo que desencadena resistencia a la insulina. Al no poder procesar la glucosa de manera eficiente para obtener energía, el cuerpo tiende a almacenar más grasa visceral, especialmente en la zona abdominal. Además, esta disfunción reduce la producción de adiponectina, una hormona que normalmente ayuda a sensibilizar a los tejidos ante la insulina y a controlar el gasto energético.

2. El cortisol elevado y el bucle de retroalimentación

El cortisol, conocido como la hormona del estrés, se eleva ante situaciones de alerta física o emocional. Sin embargo, cuando el estrés se vuelve crónico, los niveles se mantienen altos de forma persistente, lo cual favorece la acumulación de grasa visceral.

Se crea un bucle que retroalimenta el problema debido a varios factores:

  • Aumento de antojos: El cortisol eleva la glucosa en sangre; cuando esta desciende, el cuerpo demanda alimentos azucarados y carbohidratos refinados, reiniciando el ciclo de almacenamiento.
  • Alteración circadiana: Un exceso de estrés nocturno impide que la melatonina suba adecuadamente, degradando la calidad del sueño. La falta de descanso, a su vez, eleva nuevamente el cortisol y altera hormonas como la leptina y la grelina, aumentando el apetito y reduciendo la saciedad.
  • Conexión hormonal: Existe un «círculo vicioso» donde la disminución de hormonas protectoras como la adiponectina modifica los ritmos circadianos, lo que provoca una mayor caída de dichas hormonas y un aumento del desajuste metabólico.

3. Impacto en energía, retención de líquidos y definición corporal

Este desequilibrio hormonal y metabólico tiene consecuencias directas en el bienestar y la estética:

Definición corporal: El exceso de grasa visceral y la resistencia a la insulina afectan negativamente la estética corporal, promoviendo la flacidez. Por el contrario, un entorno hormonal equilibrado permite el desarrollo de masa muscular, que es la que proporciona una figura tonificada y con menor volumen global. Además, niveles excesivos de cortisol dificultan directamente el desarrollo muscular necesario para una buena definición.

Energía: El cortisol elevado de forma prolongada hace que el cuerpo interprete el entorno como una amenaza, reduciendo el gasto energético para «conservar reservas». Esto resulta en un metabolismo más lento y una sensación de cansancio constante, incluso después de haber dormido.

Retención de líquidos: El aumento de peso no siempre es sinónimo de más grasa; puede deberse a la retención de líquidos provocada por desajustes en el equilibrio interno del organismo.

¿Qué alimentos pueden favorecer la inflamación y cuáles ayudan a reducirla según la evidencia? Mientras que algunos alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares añadidos, grasas trans y con baja densidad nutricional, se han relacionado con un mayor estado de inflamación de bajo grado, otros alimentos ricos en omega-3, probióticos y fermentados podrían contribuir a una mejor salud intestinal y a modular la inflamación.

De hecho, alimentos como el yogur o el kimchi han ganado popularidad en los últimos años por su contenido en bacterias beneficiosas. Al mismo tiempo, la fibra y los suplementos probióticos siguen despertando interés por su posible impacto positivo sobre la microbiota, el sistema inmunitario y la inflamación.

Microbiota intestinal y pérdida de grasa

1. El desequilibrio de la flora intestinal y la obesidad

La microbiota intestinal, el conjunto de bacterias que habita en nuestro intestino, desempeña un papel crucial en la salud metabólica al metabolizar alimentos y proteger el organismo. Cuando ocurre un desequilibrio en la cantidad o el tipo de estas bacterias, proceso conocido como disbiosis, se producen desajustes que aumentan el riesgo de obesidad:

  • Influencia en el comportamiento: La microbiota puede incluso influir en los antojos y el deseo de consumir ciertos alimentos, alterando la percepción del sabor y creando un ciclo donde la mala alimentación alimenta a bacterias que demandan más comida ultraprocesada.
  • Estimulación hormonal y saciedad: Cuando las bacterias intestinales fermentan la fibra que consumimos, se generan compuestos que favorecen la liberación de hormonas relacionadas con la saciedad, como el GLP-1 y el PYY. Estas hormonas envían señales al cerebro de que ya hemos comido suficiente, ayudando a controlar el apetito y reducir el consumo excesivo de energía. Por eso, una microbiota saludable y una dieta rica en fibra pueden influir positivamente en el hambre y la regulación del peso corporal.
  • Inflamación crónica de bajo grado: La disbiosis está íntimamente ligada a estados inflamatorios. Además, el exceso de grasa visceral, que es altamente metabólica, se relaciona con la inflamación intestinal y la liberación de sustancias proinflamatorias. Este estado inflamatorio promueve la resistencia a la insulina, dificultando la pérdida de peso.

2. Sobre bacterias específicas (Akkermansia y Christensenella)

Las bacterias Akkermansia muciniphila y Christensenella son consideradas «probióticos de nueva generación» (NGP) debido a su estrecha relación con la salud metabólica y su capacidad para favorecer la pérdida de grasa. Ambas se encuentran en niveles elevados en personas delgadas y disminuyen significativamente en individuos con obesidad o trastornos metabólicos.

Akkermansia muciniphila: La bacteria degradadora de mucina

Es una bacteria anaerobia, es decir, una bacteria que vive en zonas del intestino donde apenas hay oxígeno, especialmente en la capa de mucosa intestinal.Su papel en la pérdida de grasa es fundamental debido a varios mecanismos:

  • Reducción de la acumulación de grasa: Estudios demuestran que regula el metabolismo lipídico, reduciendo la adiposidad y la síntesis de grasas. En modelos animales, su administración aumentó el gasto energético y mejoró la capacidad de ejercicio.
  • Mejora de la sensibilidad a la insulina: Ayuda a controlar los niveles de glucosa en sangre y disminuye la resistencia a la insulina, factores clave para evitar el almacenamiento de grasa visceral.
  • Fortalecimiento de la barrera intestinal: Al alimentarse de mucina, estimula la regeneración del moco y la expresión de proteínas de «unión estrecha» (como la ocludina), evitando el paso de toxinas (LPS) al torrente sanguíneo.
  • Efecto antiinflamatorio: Reduce la inflamación crónica de bajo grado y la endotoxemia metabólica, condiciones que dificultan la pérdida de peso.

Christensenella: El marcador de la delgadez

El género Christensenella (específicamente C. minuta) ha causado gran interés científico por su fuerte asociación con un fenotipo corporal delgado.

  • Asociación con bajo IMC: Los individuos con niveles más altos de esta bacteria tienen mayor probabilidad de presentar un índice de masa corporal (IMC) más bajo y menor cantidad de grasa visceral.
  • Gasto energético y metabolismo: Se cree que participa activamente en el mantenimiento de la armonía metabólica, promoviendo el gasto energético y la utilización de grasas como combustible.
  • Eficiencia metabólica: Investigaciones sugieren que puede mejorar la eficiencia metabólica mediante la estimulación de la actividad mitocondrial y la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC).
  • Regulación de la microbiota: Su abundancia se relaciona con una mayor diversidad microbiana y puede ayudar a reducir la relación Firmicutes/Bacteroidetes, que suele estar elevada en casos de obesidad.

Estrategias para potenciar estas bacterias

Dado que estas bacterias son anaerobias y difíciles de cultivar para suplementos comerciales tradicionales, se recomienda favorecer su crecimiento de forma natural:

Polifenoles: El consumo de extracto de granada, arándanos, uva y té verde estimula específicamente la proliferación de Akkermansia.

Fibra y prebióticos: Dietas ricas en fibras variadas (inulina, FOS, GOS) y almidones resistentes actúan como sustratos que nutren a estas poblaciones.

Estilo de vida: La actividad física regular, un sueño adecuado y la reducción del estrés son cruciales para mantener la abundancia de Christensenella y Akkermansia.

Evitar ultraprocesados: Los aditivos y el exceso de azúcares dañan la diversidad bacteriana y reducen la presencia de estos microorganismos beneficiosos.

3. Recomendaciones con evidencia para mejorar la microbiota

Las intervenciones en el estilo de vida pueden modificar significativamente la composición de la microbiota en personas con sobrepeso:

Cambios dietéticos (Variedad y Calidad):

  • Diversificar la dieta: Consumir una amplia gama de alimentos de calidad (carnes, pescados, verduras y frutas) previene el desequilibrio bacteriano.
  • Fibra variada: Es vital ingerir diferentes tipos de fibra, como inulina (alcachofas, ajo), almidón (patatas, arroz), pectina (frutas) y mucílagos (chía, lino), ya que cada una aporta beneficios distintos y la inulina se relaciona directamente con la pérdida de peso.
  • Polifenoles: Presentes en frutas (uva), verduras, aceite de oliva y chocolate negro, actúan como prebióticos efectivos que aumentan la diversidad bacteriana y previenen el crecimiento de bacterias dañinas.
  • Evitar ultraprocesados: Estos alimentos dañan la microbiota debido a aditivos como el polisorbato 80 o la sucralosa, que alteran el equilibrio intestinal.

Suplementación con Prebióticos y Probióticos: El uso de suplementos que contienen microorganismos vivos y fibras vegetales ayuda a equilibrar la microbiota y fortalecer el sistema inmunitario, facilitando un entorno favorable para la pérdida de grasa.

Actividad Física: El ejercicio influye positivamente en el metabolismo, mejorando la sensibilidad a la insulina y la capacidad del cuerpo para utilizar la grasa como energía.

Si alguna vez has sentido que estás haciendo “todo bien” —comer mejor, entrenar con constancia e intentar ser disciplinada— pero aun así tu cuerpo no cambia como esperas, no significa que te falte esfuerzo. La pérdida de grasa es mucho más compleja que un simple déficit calórico, porque el cuerpo no funciona como una calculadora, sino como un sistema donde todo está conectado.

No solo influye lo que comes, sino también cómo está tu organismo por dentro: el estrés que acumulas, la calidad de tu sueño, el estado de tus hormonas, la inflamación, la salud intestinal o el equilibrio de tu microbiota. Y muchas veces, aunque exista un déficit calórico sobre el papel, si estos factores no están bien regulados, el cuerpo puede volverse menos eficiente a la hora de perder grasa.

Entender esto es clave para dejar de culpabilizarte y empezar a trabajar con tu cuerpo, no contra él. Porque no se trata de hacer cada vez más, sino de entender qué necesita realmente tu organismo para responder mejor.

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La información de este artículo tiene únicamente fines educativos e informativos y no sustituye en ningún caso la valoración, diagnóstico o tratamiento de un profesional médico; si tienes alguna condición de salud o necesitas orientación específica, consulta siempre con un médico o especialista cualificado.

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